Cuando uno conoce la existencia de Radio Clásica (la antigua Radio 2) piensa que ya nunca le faltará una grata y constante compañía sinfónica. Pero luego descubre con disgusto que sólo una de cada cinco veces que lo intenta logra escuchar algo de música clásica convencional.
Así, lo más normal es conectar y escuchar prolijas informaciones acerca de lo que el compositor X hacía por las tardes durante aquel verano que pasó a las órdenes del archiduque Y...
La segunda posibilidad es poner la radio y recibir varias descargas de desagradable música dodecafónica, repleta de crueles chirridos y de pérfidos sobresaltos...
En tercer lugar es frecuente sintonizar la emisora y... no escuchar nada. Al subir maquinalmente el volumen, el inesperado aplauso de los asistentes al concierto que acaba de terminar nos dejará más sobresaltados aún que las pesadillas modernistas...
Por último, son cada vez más reiterativas las cuñas de autopromoción de la emisora, alentando a los sufridos radioescuchas a seguir fielmente sus emisiones...
Luego ya sí; una de cada cinco veces será posible escuchar unos minutos de música clásica.
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