Siempre me han gustado los libros de
Memorias. Valen por un curso entero de historia de la época. Y constituyen un fidedigno retrato de quien los redacta.
Además, como las
Autobiografías y los
Diarios, su lectura -aguijoneado el lector por la natural curiosidad- suele ser fácil y grata.
Diríase que son libros
sin autor: los escribe el propio personaje.
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