miércoles, 18 de febrero de 2015
Diagnóstico
Cuando un avión se estrella o un barco encalla lo lógico es suponer que el primero volaba muy bajo o que el segundo navegaba en aguas poco profundas.
Sin embargo, cuando es uno mismo el estrellado, siempre tendemos a pensar que han sido las montañas contra las que chocamos las que se han elevado súbitamente, haciendo inevitable el percance. O que, de pronto, el fondo marino ha crecido hasta aprisionar fatalmente la nave.
Por supuesto, tendemos a externalizar las causas del desastre... Pero, sobre todo, nos cuesta reconocer que el mal ya estaba incoado en la poca altura de nuestro vuelo o en la escasa profundidad de nuestra navegación.
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