En torno a las ocho de la mañana, las calles pierden mucha de su tranquilidad.
Y no es sólo porque las aceras se llenen de gente que pasea a sus perros o porque los coches salgan apresuradamente de los garajes.
Es porque a esa hora se desencadenan simultáneamente todos los estruendos característicos de las obras municipales en marcha. Actividad que, un rato después, se vuelve discontinua y que suele extinguirse a la hora del aperitivo.
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