Parece paradójico, pero creo que es una realidad suficientemente contrastada: los hombres nos
centramos (en el sentido que suele darse a la frase "le he visto muy bien, muy centrado...") precisamente cuando nos
descentramos (es decir, cuando dejamos de ser el centro de la propia existencia y cedemos gustosamente ese puesto a alguien o a algo que merezca la pena)
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